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Sínodo de la Famila

  1. Los bautizados que se han divorciado y vuelto a casar por lo civil deben ser integrados en las comunidades cristianas en las diversas modalidades posibles, evitando toda ocasión de escándalo. La lógica de la integración es la clave de su acompañamiento pastoral, para que sepan no solo que pertenecen al Cuerpo de Cristo, que es la Iglesia, sino para que puedan tener una feliz y fecunda experiencia en ella. Han sido bautizados, son hermanos y hermanas, los dones y carismas del Espíritu Santo fluyen por ellos para el bien de todos. Su participación puede expresarse en diversos servicios eclesiales; es necesario, por lo tanto, discernir cuáles de las diversas formas de exclusión actualmente practicadas en el ámbito litúrgico, pastoral, educativo e institucional pueden ser superadas. No deben sentir únicamente que no están excomulgados, sino también vivir y madurar como miembros vivos de la Iglesia, experimentándola como una madre que los acoge siempre, los cuida con afecto y los alienta en el camino de la vida y del Evangelio.

Esta integración es también necesaria para el cuidado y la educación cristiana de sus hijos, lo cual es la consideración más importante. Para la comunidad cristiana cuidar de estas personas no es debilitar nuestra fe y su testimonio acerca de la indisolubilidad matrimonial, sino que mediante este cuidado la Iglesia está expresando su propia caridad.

85, San Juan Pablo II ha ofrecido un criterio integral que ha permanecido como la base para la valoración de estas situaciones: «Los pastores, por amor a la verdad, están obligados a discernir bien las situaciones. En efecto, hay diferencia entre los que sinceramente se han esforzado por salvar el primer matrimonio y han sido abandonados del todo injustamente, y los que por culpa grave han destruido un matrimonio canónicamente válido. Finalmente están los que han contraído una segunda unión en vista a la educación de los hijos, y a veces están subjetivamente seguros en conciencia de que el precedente matrimonio, irreparablemente destruido, no había sido nunca válido» [Familiaris Consortio 84]. Es entonces tarea de los presbíteros acompañar a las personas interesadas en el camino del discernimiento según la enseñanza de la Iglesia y las orientaciones del Obispo. En este proceso será útil hacer un examen de conciencia, a través de momentos de reflexión y arrepentimiento. Los divorciados vueltos a casar deberían preguntarse cómo se han comportado con sus hijos cuando la unión conyugal entró en crisis, si hubo intentos de reconciliación, cómo está la situación del compañero abandonado, qué consecuencia tiene la nueva relación sobre el resto de la familia y la comunidad de fieles, qué ejemplo ofrece a los jóvenes que se deben preparar para el matrimonio. Una sincera reflexión puede reforzar la confianza en la misericordia de Dios que no se le niega a ninguno.

Además, no se pueden negar que en algunas circunstancias «la imputabilidad y la responsabilidad de una acción pueden quedar disminuidas e incluso suprimidas» (CCC, 1735) a causa de diversas condiciones. Como consecuencia, el juicio sobre una situación objetiva no debe llevar a un juicio sobre la «imputabilidad subjetiva» (Pontificio Consejo para los Textos Legislativos, Declaración del 24 de junio de 2000, 2a).

En determinadas circunstancias a las personas se les dificulta sobremanera actuar de un modo distinto. Por ello, mientras sostenemos una norma general, es necesario reconocer que la responsabilidad respecto a determinadas acciones o decisiones no es la misma en todos los casos. El discernimiento pastoral, que tiene en cuenta la conciencia correctamente formada en la persona, debe a la vez prevenir estas situaciones. Las consecuencias de una acción no es la mismas necesariamente en todos los casos.

  1. El proceso de acompañamiento y discernimiento orienta a estos fieles a un examen de conciencia acerca de su situación ante Dios. El coloquio con el sacerdote acerca del fuero interno contribuye a la formación de un juicio correcto sobre lo que obstaculiza la posibilidad de una participación más plena en la vida de la Iglesia y sobre los pasos que pueden favorecerla y hacerla crecer. Dado que en la misma ley no hay gradación (FC, 34), este discernimiento no podrá jamás prescindir de las exigencias de la verdad y la caridad del Evangelio propuesta por la Iglesia. Para que esto suceda, deben garantizarse las condiciones necesarias de humildad, discreción, amor a la Iglesia y a sus enseñanzas, en la búsqueda sincera de la voluntad de Dios y en el deseo de responder de una manera más perfecta a esta.
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